sábado, 31 de julio de 2010

Una tarde etérea colmada





La escalera tiene una claraboya en el techo que la ilumina salvo en los primeros pisos donde la luz eléctrica es necesaria. Forma un pequeño habitáculo cuadrado que se pierde en el infinito hacia la luz de la claraboya, cuando la bajas parece estrecharse y lo haces en picado, pones los pies en los escalones triangulares con cuidado, la pared es clara, y los escalones, pero la barandilla de hierro forjado resulta terriblemente negra, en todos los tramos se amontonan dos o tres bicicletas sujetas a ella tapadas con plásticos llenos de tierra, en la oscuridad parecen bultos silenciosos y misteriosamente quietos, triste congoja por nada, estás sola en un pozo con absoluta libertad para salir aunque la mente sea una traidora.

Nuestro cuerpo es una oligarquía en la que, como apunta Nietzsche, ha sido muy duro que llegara a ser razonablemente social, ha habido que castigarle mucho y de aberrantes formas a lo largo de la historia para que la medicina del olvido no actúe libremente, de manera que “Se marca algo a fuego para que permanezca en la memoria: solo lo que no cesa de hacer daño permanece en la memoria”.

El que canta obtiene inmediata recompensa al proyectar su voz, oírla y dominarla, y el que pinta le ocurre otro tanto, subyuga, ve, siente, los colores, las formas, un todo. Momentos que se asemejan a los recuerdos felices y risueños, gestos causales de otros tiempos que vuelven a hacerte sonreír.

La ciudad queda atrás en el espejo retrovisor, el peligro de la velocidad se mezcla con el poder de sentirse viento, mis sueños viajan a mi lado, desde la ventanilla los veo por el rabillo del ojo cara al aire sonrientes, con la boca apretada y entrecerrando los ojos, como lenguas de fuego avivada por el viento, les decía sin mirarles que podían irse libremente o volver conmigo, se alejan al centro de la autovía y vuelven pícaros a ponerse a mi par junto a la ventanilla, disfruto, la música me recorre alegre hasta en las vibraciones que mueven el volante entrándome por las yemas de los dedos, soy música y ritmo, la ventaja de hacerse mayor es la de no tener que disimular, ni la necesidad de impresionar.

Recóndita la imagen mental que provoca la inmortal música, la fugaz sensación de hundir los pies en barro llena mi mirada de brillantes chispitas, deshaciéndose la boca pensando en la de él, que se cree olvidado, el pecho, volteando a la comba el corazón, suave perfila cada sensación entrecortando la respiración, de la que no soy consciente hasta que los pulmones necesitan aire y aleteando la nariz con rápidas absorciones elevo la intensidad de los sentidos, oigo por la piel, toco con los ojos, huelo con las manos, tanteo con los labios.

Se está poniendo el sol, la luna le despide, cambio de sentido y vuelta a la ciudad.




domingo, 18 de julio de 2010

Viento
(de la brisa al huracán)


Franco Ambrosetti


A veces resulta difícil soportar la alegría. Dentro de ti parece como si fuera posible hacer cualquier cosa, volar, tirarte por el balcón y planear hasta el suelo. Hay que tener cuidado con los trenes, los puentes y los coches. Si la alegría te puede llevar al dolor, o a la inexistencia, y no se puede vivir pensando a todas horas en el dolor ¿con qué objetivo estamos viviendo? Podríamos intentar una medida, entre el 0 de la desdicha y el 100 de la alegría insoportable, un 75 que diste suficiente del 0 y aún esté lejos del 100. Moderada dicha.

La gente que me voy cruzando no tiene buen aspecto. Enseguida he pensado en el mío. Es un gesto, una actitud, porque yo me encuentro perfectamente. Parecen arrastrar kilos y kilos de algo, caminando como si los pies no pudieran despegarse del suelo -me obligo a enderezar el busto-, el calor, seguro, es agobiante.

Las dos andan de prisa sorteando cuanto encuentran al paso sin parar de hablar, se dan la razón una a la otra mientras vituperan a una tercera ahora paradas en el paso de peatones, no miran a los lados, siguen enzarzadas en lo que más bien parecen dos soliloquios al mismo tiempo. Cuando los que vienen de frente cruzan, se lanzan a la calzada, los brillantitos de las blusas de idéntico patrón relumbran con el movimiento de sus senos, la una negra la otra blanca, ganan distancia a la carrera.

Merodea por el lugar pareciendo no saber que está llamando la atención. Lleva el móvil pegado a la oreja, pasea nervioso hasta la esquina, da media vuelta y vuelve atrás. La mirada en el suelo, el ceño fruncido, mueve la mano como para dar énfasis a lo que está diciendo a solas, el cuello le cae hacia delante y el pantalón que sujeta la rebosante barriga da la impresión de que en cualquier momento se enrollará a sus pies. Su voz acongojada y sus frases llenas de interjecciones chulescas cuadran a la perfección con la elección del atuendo y el corte de pelo.

Tendrá unos ochenta años, bajita, delgada, encorvada, alrededor de sus ojos los colorea el granate, ese que se pone cuando pasas noches sin dormir, su andar lento pero resuelto, mira de frente y a los ojos, en una mano lleva una bolsa plegada delante de la cintura, el otro brazo se mueve militar al andar. Me hace un gesto con la cabeza sin parar el paso.

Unas piernas largas manejan lentas, unas sandalias de tacón de aguja deslumbrantemente blancas contra la piel bronceada. El vestido cuelga perfectamente relleno en todos sus pliegues y costuras sobre unos hombros huesudos, el largo cabello negro azabache tapa el escote de la espalda, inclina la cabeza hacia delante mientras el brazo que cuelga apenas se balancea con el diminuto bolsito blanco. Uñas larguísimas y rojas, aparta el cabello de la cara al pasarle y me mira, bella mirada adornada de colores, me sonríe y le sonrío. Un cuello demasiado ancho, pienso, pero el vestido le sienta de maravilla.

Un coupe negro sube a la cera por un paso de peatones, sinuoso, silencioso, se arrima hacia un lado apartando a los andantes que le miran con admiración o con enfado según el sentido en que muevan la cabeza. Se detiene junto a un escaparate de hermosos vestidos, hechos para subirse en él. Del hueco de la portezuela emerge un oriondo calvo de estimada experiencia de vida, con una impoluta camisa a rayas, la chaqueta en la mano y el pantalón sin una arruga, el olor a colonia inunda la calle y mis fosas nasales a cierta distancia aún. Resulta tan agradable que borra lo ostentoso del cuadro siguiéndole con la mirada acariciadora del buen gusto.

Miedo a sentir, a qué sientes y cómo lo sientes. Hay cosas que están mal y otras que están bien, se fueron estableciendo con dogmas telúricos sobre lo bueno y lo malo, en manos de los que decían ser felices por haber conseguido lo que ansiaban, y nos llegó a confundir de tal manera que vivimos ansiando perennemente.
Las cosas que me hacen sentir bien pueden descubrir aspectos de mi no encasillados en lo considerado bueno. Mi bien no es compatible con todo lo bueno establecido, tampoco mi mal lo es con todo lo malo, y para liarlo un poco más, algunas veces mi bien está en lo establecido como malo y mi mal en lo establecido como bueno.

La confusión es evidente observando a la gente. Sobrevive utilizando el doble rasero, a veces más de dos dependiendo del nivel de preocupación que les proporcione su estatus, ese lugar de inconsistente sostén en que te alza el resto. Además he comprobado que cuanto menos importancia das a lo bueno y lo malo establecido, cediendo ante lo que hace feliz al que te atiende, mejor criterio y opinión elabora de ti. Es casi imposible hacerles ver que me importa un comino el criterio con el que me elevan o me degradan, insistiéndoles en su capacidad para ceder ante lo que me hace feliz a mí. Pocas entienden esto, muchos entienden más, pero inmediatamente vuelven al criterio establecido porque les evita explicar su cambio de contenido, resultándoles más fácil seguir el curso del sentir general, de lo que resulta que no soy de fiar.

Mis incursiones en lo malo establecido para rescatar aquello que me hace sentir bien, sigue creándome posibles descréditos sociales, es cierto, y haciéndome ese aura de peligrosa para muchos, aunque tan atractiva que no acaban de ignorarme del todo.

El desconcierto les obliga a confundir que si bien me gustan algunas cosas establecidas como malas, no significa que yo sea mala. Puedo serlo evidentemente, pero cuando utilizan el doble rasero casillero no dan opciones, y un día te los oyes ¡jo! Ni me imaginaba que fueras así, pensaba que… Sí, sí, claro. Pero siguen con el sentido atrofiado de lo que les hace felices, por lo tanto tú, los demás, tampoco está bien que lo sean.


domingo, 27 de junio de 2010

Soplos coyunturales


Hubo una vez un tiempo
cuando las estrellas eran aún desconocidas
que la grandeza del mundo
habitaba en el sonido
y su belleza
en el equilibrio de los colores.



Es un despropósito lo que me cuesta conseguir ser lo que soy.
Menuda paradoja la vida, condenada a sufrirla por orden divina. Utilizan ese poder simbólico inscrito a perpetuidad en nuestras percepciones e inclinaciones (a admirar, a respetar, a amar…) con el que nos manejan imperceptiblemente, anulando cualquier posibilidad de actuar libre e individualmente, e invalida la expresión de aquello que sentimos tal y como lo apreciamos.

Entre destellos de lucidez, el preciado beneficio al que “debo” aspirar no dejará huella entre mis manos, y me vuelve escéptica, al mismo tiempo que descubro dónde empiezan y dónde acaban los límites a la hora de vivir. Salvaguardo constante mi fuerza y mi soberanía absoluta a capa y espada, ante el compromiso social de pertenecer a una masa inconsistente y pretendidamente protectora.
¿Protección a cambio de mi individualidad, mi sentir, mi compromiso conmigo, mi sosiego? No.
Prestarme, por supuesto, entregarme, nunca.
La motivación: ser feliz. Vivir en calma.

La felicidad versus beneficio, (con el origen latino de versus: “de la felicidad hacia el beneficio”). No buscar su verdad no significa admitir su mentira, los grandes beneficios prometidos, a largo plazo, suelen nublar la mente. Vivir con y para los demás puede resultar placentero siempre que el “yo” tenga pleno control sobre esos límites, que traspasados abocan al displacer, prescindir de su compañía para evitarlo implicaría poseer un entendimiento íntimamente trabajado.

No hay nada nuevo sobre la faz de la tierra.

1275-80/1342-43 Marsilio de Padua, abogaba por mantener los asuntos espirituales separados de los temporales.

1533/1592 Michel de Montaigne, declara la guerra al dolor “…¡Querer al dolor, como si el que existe no fuera suficiente!”

1541/1603 Pierre Charron, “… La duda metódica… eliminar los consejos de la mayoría, desembarazándose de los lugares comunes, arrojando por la borda las opiniones del hombre común…”

1588/1672 François de La Mothe Le Vayer, “…no hay verdad, sino sólo verosimilitud; los excesos son condenables, deseemos el justo medio; la razón es impotente, sometámonos a las costumbres; el dogmatismo echa a perder la vida, el escepticismo le da encanto; la intranquilidad es detestable, la acatalepsia nos salva. El goce de uno mismo. “

1592/1655 Pierre Gassendi, “…solo con ayuda de esta carne llegamos a conocer el mundo…”

Y hay más. Muchos más.

Esas épocas en las que los pensadores usaban su tiempo para filosofar, tiempos donde el centro del universo era divino y cada círculo concéntrico en que se dividía la moral social, se movía en torno a él. Aquel que seguía líneas distintas era vituperado y expulsado, aquella quemada. Sobrevivir al poder dogmático obligaba a batirse entre un escepticismo interior y una manutención entre los hombres. Unos morían por ser ellos mismos, otros lo eran sin declararlo.

Estas épocas dónde la individualidad supone ignorar al resto, tampoco es muy acertada. Sin embargo, las ideas están aquí. Sorprende cómo a pesar de las limpiezas pretendidas de los mal llamados eruditos, el goteo de sabiduría siga moviéndose en nuestro tiempo y llegue hasta los que no saben, y no quieren, leer.

¿Quién tiene, quién se cree con tanta autoridad para elegir qué debo pensar, qué debo creer, qué debo leer, qué debo ser…? NADIE, salvo yo.
Qué nadie se atreva a hacer desaparecer ninguna de las opciones con las que pueda conjeturar, interpretar, elegir, comulgar o disentir.
El no elegir también es mi opción.


martes, 1 de junio de 2010

Lonja de los Mercaderes (I)



Subo la escalinata hasta la gran puerta y cruzando el salón de columnas salgo al jardín, paseo junto a la pequeña fuente estrellada hasta el otro lado del patio y espero a Nicolás sentada en el poyo de la magnífica ventana enrejada.


En la quietud del patio de los naranjos llama mi atención al otro lado de la estrecha calle, frente al ventanal y pegado a la puerta acristalada un pequeño cartel blanco con letras negras: “OBRA EN VENTA”, me hace descubrir al fondo de la habitación un cuadro iluminado con la cara de un hombre de mirada penetrante, resaltando rojos y amarillos
¡Cuánta belleza a mi alrededor!


Delante tengo la alta escalera de piedra, no puedo evitar la tentación de subirla y quedo varada en la preciosa puerta ante el salón del “Consulado del Comercio”, entro despacio, busco asiento en el rincón más silencioso y desde allí dejo vagar la vista por la historia, el arte, la vida.

Desvanece el pasado la luz eléctrica, brilla donde en otro tiempo estarían las sorprendentes velas alumbrando la oscuridad de los portones cerrados con luminosidad titilante.

Entre el tenue rugido de los motores que de vez en cuando pasan al otro lado de los gruesos muros, se oye el piar de los pájaros, el ulular de la brisa y las campanas que voltean no muy lejos


He llegado pronto, bajo de nuevo al balcón del jardín a esperarle.

Sentados en el poyo donde hace siglos reposarían las posaderas de acalorados comerciantes, nuestra conversación se centra en la maravillosa Lonja, construida en pleno siglo XV cuando Valencia era el centro comercial del reino de Aragón, en pleno auge de la fabricación de seda y con veinticinco mil telares solo en la capital, se hizo necesario centrar el comercio que realizaban en las puertas de las iglesias y los mercados, en un edificio sin par que se edificó sobre la demolición de 25 casas de las de entonces.

Nicolás habla enamorado de este sitio, me emplazó a venir el día que leyó sobre los “chocantes” que visitaban la ciudad.

Relata con cariño las sorprendentes utilizaciones a la que ha sido destinada. En la época foral tenían lugar las subastas de arriendos de los derechos de la Generalidad del Reino, sirvió de improvisado depósito de trigo en tiempos de escasez de grano, tras la Guerra de Sucesión de la Corona Española fue cuartel militar, y el jardín, cocina para la tropa, se le llamaba “El Principal”. Improvisado hospital en las oleadas de cólera y peste del s. XIX, tras la Guerra Civil española la República celebraba las reuniones de las Cortes Españolas, y hasta hace bien poco los domingos abría para albergar a los filatélicos y numismáticos, así como a las exposiciones del Ninot de Fallas donde por votación popular se indulta solo a uno para que no sea quemado.

Ensimismados en nuestros pensamientos mientras a nuestro alrededor un grupo de extranjeros recorrían el lugar mirando y comentado detalles de las estancias, guardamos silencio hasta que volvimos a quedarnos solos en el ventanal del jardin. Nicolás me dijo:

-Mi abuela me traía justo a este lugar y me contaba historias. La que más me gustaba y le hacía repetir siempre era la de su abuela, mi tatarabuela. ¿Quieres oírla?
-Si me dejas escribirla en mi blog, si. Y si no, también.
-Me gusta que escribas las cosas que te cuento. No todas ¿eh?

Cuento esta historia siguiendo el hilo de Nicolás, pero añado algunos matices de mi cosecha que me parecen sumamente interesantes, y que después de comentarlos con él y hacerle sonreír, doy por aprobados.

“Corría el año 1857, más o menos, tendría ella unos doce años. Desde bien pequeña sabía que era el ojo derecho de su padre. Siempre le dedicaba su tiempo libre y le dejaba estar en su despacho cuando se encerraba a trabajar. Se sentaba sobre un cojín en la alfombra cerca del fuego con su juguete favorito, siempre el último que le había traído él, y casi en silencio jugaba mientras espiaba a su padre. Llegó a conocer todos sus gestos de desasosiego, preocupación, tranquilidad, alegría.
Su madre, sus hermanos, amigos íntimos de la casa y hasta el personal de faena, todos, se acostumbraron a hablar delante de ella, incluso cuando peleaban ella permanecía quieta, y aprendió a no asustarse. En secreto sin que su madre lo advirtiera, la enseñó a leer y a hacer cuentas, sentada en sus rodillas miraba y escuchaba. Cuando advertía su necesidad de concentrarse en algo, sin molestarlo resbalaba de su regazo y volvía a su juego mudo.

Su madre en cambio la instruía en el arte del disimulo, en el de la persuasión, la trama y la astucia, en el uso de su candidez y el de la simpleza, la extorsión y la mentira, armas infalibles en un mundo donde solo cabían dos posiciones, la de circular como signo fiduciario, objeto de trata e intercambio para reproducción del capital simbólico de los hombres, o la de utilizar ese mismo miedo a lo femenino en que se entrampa el privilegio masculino, haciendo de la virilidad un ideal que solo les procura una inmensa vulnerabilidad ante lo femenino.

Vaya si le sirvieron aquellas armas, el primero con el que las utilizó fue su padre. Se daba cuenta que él fue también su maestro, le enseñó cómo sacar partido a todas ellas, cada vez estaba más segura que la vio venir en más de una ocasión, guiándola con sus negativas o sus condicionamientos para conseguir lo que se había propuesto. Y se había propuesto nada más y nada menos acompañarle a su trabajo, a la Casa de los Mercaderes donde realizaba la compra-venta de los géneros que negociaba.

La primera negativa la recibió arrugando el ceño y apretando la boca en un gesto que a su padre le causaba ternura. La segunda vez preguntando abiertamente el por qué, quedándose con una explicación nada convincente, pero de la que sacó razones para ir abatiendo la resistencia de su padre…”




Hoy me he acercado para saber del autor de la “OBRA EN VENTA”, y en la misma puerta he encontrado la web de Patricia Iranzo:
http://patriciairanzo.com/index_pintura.php?cuadros=7

lunes, 17 de mayo de 2010

Intervalo



Antes de empezar a leer deja que el chelo suene… solo una vez aunque moleste,

”No olvidemos que la naturaleza incluye:
la muerte, el dolor, el sufrimiento,
la lucha, las garras, los picos,
la extinción de los más débiles…”
es la vida.

Perdida la mirada en una lánguida rosa, dentro del vaso olvidada, sin apenas pestañear. Le tiembla en los labios la angustia que reflejan sus ojos, inmóvil, se le nubla la vista y aprieta los labios para ahogar el gemido, dos lágrimas perfectas resbalan por sus mejillas hasta el borde del mentón.

Brota el llanto repleto de congoja, arrebatado de tristeza, desalmada existencia donde el cuerpo, solo, desvaría perdido entre el fango de las realidades, impotente ante ellas sin poder reconocerlas, hundido en la más intensa pena, afloran lágrimas sin control, crispa el rostro buscando brazos que lo oculten, el pecho lanza estertores contrayendo la garganta y los pulmones, cerrándole el paso al aire.

Avalancha contenida, líquido caliente que arrasa los ojos, llena la boca e inunda la nariz, tsunami desencadenando sentimientos de vergüenza, desesperación y locura en un atisbo de cordura, hasta que incontenible hace del lamento vía de escape, dejando al aire que circule a bocanadas, cierra las manos contra las piernas y aprieta el contraído rostro sobre las rodillas. Solo quiere rugir para sacar de si todo lo que le lastima.

Y tras rozar el límite del paroxismo regresa a la vida, serenando el ánimo con dulces y sucesivos gemidos espasmódicos distanciándose con el aire que entra despacio, aclarando la vista, secando la nariz, relajando la boca… desnuda la mente, gimiente el cuerpo no se reconocen, este se ofrece y aquella le exige sosiego, para colmada de serenidad quedar en la sombra consciente del silencio, solo anhelando seguir al humo como a una ruta propia.

Mira alrededor. Sigue el silencio. Ya está más segura. Desanuda los miembros, levanta aún débil el cuerpo. El esfuerzo ha sido grande. Sale y la luz le ciega. Se apoya en la puerta un momento. Unas risas se acercan, gira recomponiendo el demudado gesto.





lunes, 3 de mayo de 2010

Bendita música




Cuando te levantas cada día y amaneces de lleno, tras el inquieto sueño, en el inseguro transcurrir del trabajo, tu aspecto cambia, tu gesto se modifica y tu voluntad se quebranta.
Llegas al ocaso del día casi arrastras, te sientas, exhausta, con el libro en la mano cómoda y caliente, la humeante taza esperando, y abres el correo… “youtube service para usuarios: actualización de suscripción con nuevos vídeos recientes (link al vídeo)”, clic”keas”, coges la taza y te acomodas con el libro.

Apenas la primera frase de lectura y suena la extraordinaria “actualización” de violín y piano, ágiles, desbordantes, llenando el espacio silencioso de arrebatado sonido que sobrecoge el corazón y enciende la imaginación…


tras el silencio de una profunda madrugada
la luz comienza tomando su porción de mundo,
las flores desperezan sus pétalos hacia ella,
las hojas mueven el limbo a la espera que comience la función.

Y el mundo,
se arrellana en su sillón preferente,
cierra los ojos y escucha su propia sinfonía,
llena de oxígeno sus pulmones,
agiliza el rojo de sus arterías
sonríe, y fantasea …

allí bulle la flor mientras se baña en el rocío perfumando al aire que le roba un beso,
allá el aleteo de unas alas que acarician con la brisa,
sube el ritmo en derredor,
y en su momento más álgido siente estremecer las raíces del bosque,
oye el repiqueteo de unas pezuñas que se detienen junto a la corriente,
percibe su nariz húmeda sobre el brote jugoso que desafiante le invita,
pero escoge al agua transparente donde lame el frescor de la mañana…


Termina la suite.

Suspiras pensando que estas dosis de emoción regulan la adrenalina, llevan la tensión a su justo porcentaje, elevan la libido a un nivel reconfortante y gestionan los asuntos pendientes en la sección del ”no va más”.

Ya ves con qué poco, tan solo pensando que el mundo eres tú te reconcilias con el día y vuelves a la lectura con otro ánimo.

domingo, 25 de abril de 2010

Un toque de atención

Azahar
Citrus Aurantium
(flor del naranjo, del limonero, del cidro y otros árboles cítricos)

Mientras caminaba hacia el trabajo dándole vueltas a lo que pensaba publicar, mi ciudad me ha dado un toque de atención. Acaba de escampar y el desmayado sol con esa inmensa luz del este, se refleja en lo mojado mostrándola limpia y recién “peiná”.
Justo en mitad de mi camino alguien le hacia una foto a una pared, instintivamente la he mirado, he levantado la vista dejándome llevar por su asombro y por esa sensación de sorpresa cuando descubres lugares nuevos. Sonríes comprensiva por lo que para ti es habitual, pero te das cuenta que te has vuelto incapaz de apreciar la belleza que te rodea empós de esa misma familiaridad.

Aún sintiendo preferencia por aquellas ciudades desde las que se pueden divisar montañas, reconozco que la costumbre ha hecho que dejara de apreciar lo bonita que es esta, donde vivo. Sus calles son anárquicas, como hechas a voleo, los edificios parecen bailar unos a ritmo de dulzainas y otros de rock and roll en un juego ecléctico de increíble belleza recuperada y de descuidado solariego.
El sol gana fuerza por momentos, produciendo llamaradas metálicas y resaltando el apagado verdor de los jardines, un hiriente rayo pasa entre dos tejados cortando la bruma de un rincón al final de la calle estrecha. Y tiendecitas todas juntas, desbordadas de cosas impensables donde huronear a gusto. El aroma a azahar en las calles y a jazmín, los balcones de hierro forjado que parecen filigranas dibujadas en las fachadas te colman de serenidad. La agradable temperatura hace recordar al abrazo de la abuela en su regazo tibio oliendo a rosas.
Fatigar despacio libros prohibidos o deambular por la Atlántida pudieran ser placeres similares.

Y he empezado a verla, y a verlos, a los ciudadanos, a esos que hace la ciudad donde viven. En algunas son elegantes, visten buena ropa y usan los colores que les hace distinguidos, en otras son señoritos, invaden las calles con el clavel en la solapa y el vino fino en la mano. Aquí cada vez nos cruzamos menos con gente del barrio y más con extraños -extraños muy chocantes, dicen-, el chandal y las zapatillas han pasado a mejor vida, la de practicar deporte, y cada vez menos bajan a por el pan con la bata de guata y las babuchas nuevas.
Entre ellos pululan grupos adolescentes extranjeros de rostros arrebolados, carpetas y cámaras de fotos en mano, que se mueven por la ciudad con la llaneza del barrendero.
El día parece salido de un cuento sin protagonistas en el que vas pasando las hojas y en cada una encuentras un tema diferente.

Ensimismada, saboreando las gratas impresiones, al pasar por un escaparate donde un joven con perilla y el pelo en punta coronándole la cabeza, al estilo siux -me hace pensar en un Don Juan Tenorio moderno- trasteaba sujetando con alfileres un traje de noche granate a una bellísima maniquí. Abstraída mientras caminaba le he mirado más de lo necesario atrayendo su atención, me ha guiñado un ojo que me ha hecho sonreír ampliamente y me ha devuelto otra simpática sonrisa, una vez pasado el escaparate la risoterapia me ha acompañado un trecho y he llegado al trabajo tan feliz que le ha faltado tiempo al compañero cachondo y “metementodo” a soltar la preguntita ”¿Qué? ¿Qué estuviste haciendo anoche?” (Algún día escribiré sobre él)

Y a la vuelta, he vuelto a ser turista de mi ciudad. Cinco de la tarde, empiezan a abrir las tiendecitas de nuevo, las calles se desperezan de la siesta española por antonomasia, o de la gran mayoría española, pero que parece hacer participe a más de un extraño chocante, sentado en una terracita con las piernas estiradas, la cerveza a medias y el sombrero sobre la cara.
Sonriendo noto de nuevo el ¡shiiisss!, al mirar de frente veo en todo su esplendor la Lonja de los Mercaderes, enorme, joven (1482-1548) y presumida. Las cámaras disparan, impresiona ver la escalinata llena de chocantes y en la cera de enfrente buscando posiciones para fotografiarla, que parece que en cualquier momento hará un movimiento para cambiar la pose zarandeando su corona de torretas.

Llego a casa, me pongo a escribir, suena el teléfono, llaman al timbre, me vuelvo a sentar anotando todo lo que he visto de cualquier manera y salgo pitando a darle otro vistazo antes de que el cansancio me devuelva a casa.