domingo, 27 de junio de 2010

Soplos coyunturales


Hubo una vez un tiempo
cuando las estrellas eran aún desconocidas
que la grandeza del mundo
habitaba en el sonido
y su belleza
en el equilibrio de los colores.



Es un despropósito lo que me cuesta conseguir ser lo que soy.
Menuda paradoja la vida, condenada a sufrirla por orden divina. Utilizan ese poder simbólico inscrito a perpetuidad en nuestras percepciones e inclinaciones (a admirar, a respetar, a amar…) con el que nos manejan imperceptiblemente, anulando cualquier posibilidad de actuar libre e individualmente, e invalida la expresión de aquello que sentimos tal y como lo apreciamos.

Entre destellos de lucidez, el preciado beneficio al que “debo” aspirar no dejará huella entre mis manos, y me vuelve escéptica, al mismo tiempo que descubro dónde empiezan y dónde acaban los límites a la hora de vivir. Salvaguardo constante mi fuerza y mi soberanía absoluta a capa y espada, ante el compromiso social de pertenecer a una masa inconsistente y pretendidamente protectora.
¿Protección a cambio de mi individualidad, mi sentir, mi compromiso conmigo, mi sosiego? No.
Prestarme, por supuesto, entregarme, nunca.
La motivación: ser feliz. Vivir en calma.

La felicidad versus beneficio, (con el origen latino de versus: “de la felicidad hacia el beneficio”). No buscar su verdad no significa admitir su mentira, los grandes beneficios prometidos, a largo plazo, suelen nublar la mente. Vivir con y para los demás puede resultar placentero siempre que el “yo” tenga pleno control sobre esos límites, que traspasados abocan al displacer, prescindir de su compañía para evitarlo implicaría poseer un entendimiento íntimamente trabajado.

No hay nada nuevo sobre la faz de la tierra.

1275-80/1342-43 Marsilio de Padua, abogaba por mantener los asuntos espirituales separados de los temporales.

1533/1592 Michel de Montaigne, declara la guerra al dolor “…¡Querer al dolor, como si el que existe no fuera suficiente!”

1541/1603 Pierre Charron, “… La duda metódica… eliminar los consejos de la mayoría, desembarazándose de los lugares comunes, arrojando por la borda las opiniones del hombre común…”

1588/1672 François de La Mothe Le Vayer, “…no hay verdad, sino sólo verosimilitud; los excesos son condenables, deseemos el justo medio; la razón es impotente, sometámonos a las costumbres; el dogmatismo echa a perder la vida, el escepticismo le da encanto; la intranquilidad es detestable, la acatalepsia nos salva. El goce de uno mismo. “

1592/1655 Pierre Gassendi, “…solo con ayuda de esta carne llegamos a conocer el mundo…”

Y hay más. Muchos más.

Esas épocas en las que los pensadores usaban su tiempo para filosofar, tiempos donde el centro del universo era divino y cada círculo concéntrico en que se dividía la moral social, se movía en torno a él. Aquel que seguía líneas distintas era vituperado y expulsado, aquella quemada. Sobrevivir al poder dogmático obligaba a batirse entre un escepticismo interior y una manutención entre los hombres. Unos morían por ser ellos mismos, otros lo eran sin declararlo.

Estas épocas dónde la individualidad supone ignorar al resto, tampoco es muy acertada. Sin embargo, las ideas están aquí. Sorprende cómo a pesar de las limpiezas pretendidas de los mal llamados eruditos, el goteo de sabiduría siga moviéndose en nuestro tiempo y llegue hasta los que no saben, y no quieren, leer.

¿Quién tiene, quién se cree con tanta autoridad para elegir qué debo pensar, qué debo creer, qué debo leer, qué debo ser…? NADIE, salvo yo.
Qué nadie se atreva a hacer desaparecer ninguna de las opciones con las que pueda conjeturar, interpretar, elegir, comulgar o disentir.
El no elegir también es mi opción.


martes, 1 de junio de 2010

Lonja de los Mercaderes (I)



Subo la escalinata hasta la gran puerta y cruzando el salón de columnas salgo al jardín, paseo junto a la pequeña fuente estrellada hasta el otro lado del patio y espero a Nicolás sentada en el poyo de la magnífica ventana enrejada.


En la quietud del patio de los naranjos llama mi atención al otro lado de la estrecha calle, frente al ventanal y pegado a la puerta acristalada un pequeño cartel blanco con letras negras: “OBRA EN VENTA”, me hace descubrir al fondo de la habitación un cuadro iluminado con la cara de un hombre de mirada penetrante, resaltando rojos y amarillos
¡Cuánta belleza a mi alrededor!


Delante tengo la alta escalera de piedra, no puedo evitar la tentación de subirla y quedo varada en la preciosa puerta ante el salón del “Consulado del Comercio”, entro despacio, busco asiento en el rincón más silencioso y desde allí dejo vagar la vista por la historia, el arte, la vida.

Desvanece el pasado la luz eléctrica, brilla donde en otro tiempo estarían las sorprendentes velas alumbrando la oscuridad de los portones cerrados con luminosidad titilante.

Entre el tenue rugido de los motores que de vez en cuando pasan al otro lado de los gruesos muros, se oye el piar de los pájaros, el ulular de la brisa y las campanas que voltean no muy lejos


He llegado pronto, bajo de nuevo al balcón del jardín a esperarle.

Sentados en el poyo donde hace siglos reposarían las posaderas de acalorados comerciantes, nuestra conversación se centra en la maravillosa Lonja, construida en pleno siglo XV cuando Valencia era el centro comercial del reino de Aragón, en pleno auge de la fabricación de seda y con veinticinco mil telares solo en la capital, se hizo necesario centrar el comercio que realizaban en las puertas de las iglesias y los mercados, en un edificio sin par que se edificó sobre la demolición de 25 casas de las de entonces.

Nicolás habla enamorado de este sitio, me emplazó a venir el día que leyó sobre los “chocantes” que visitaban la ciudad.

Relata con cariño las sorprendentes utilizaciones a la que ha sido destinada. En la época foral tenían lugar las subastas de arriendos de los derechos de la Generalidad del Reino, sirvió de improvisado depósito de trigo en tiempos de escasez de grano, tras la Guerra de Sucesión de la Corona Española fue cuartel militar, y el jardín, cocina para la tropa, se le llamaba “El Principal”. Improvisado hospital en las oleadas de cólera y peste del s. XIX, tras la Guerra Civil española la República celebraba las reuniones de las Cortes Españolas, y hasta hace bien poco los domingos abría para albergar a los filatélicos y numismáticos, así como a las exposiciones del Ninot de Fallas donde por votación popular se indulta solo a uno para que no sea quemado.

Ensimismados en nuestros pensamientos mientras a nuestro alrededor un grupo de extranjeros recorrían el lugar mirando y comentado detalles de las estancias, guardamos silencio hasta que volvimos a quedarnos solos en el ventanal del jardin. Nicolás me dijo:

-Mi abuela me traía justo a este lugar y me contaba historias. La que más me gustaba y le hacía repetir siempre era la de su abuela, mi tatarabuela. ¿Quieres oírla?
-Si me dejas escribirla en mi blog, si. Y si no, también.
-Me gusta que escribas las cosas que te cuento. No todas ¿eh?

Cuento esta historia siguiendo el hilo de Nicolás, pero añado algunos matices de mi cosecha que me parecen sumamente interesantes, y que después de comentarlos con él y hacerle sonreír, doy por aprobados.

“Corría el año 1857, más o menos, tendría ella unos doce años. Desde bien pequeña sabía que era el ojo derecho de su padre. Siempre le dedicaba su tiempo libre y le dejaba estar en su despacho cuando se encerraba a trabajar. Se sentaba sobre un cojín en la alfombra cerca del fuego con su juguete favorito, siempre el último que le había traído él, y casi en silencio jugaba mientras espiaba a su padre. Llegó a conocer todos sus gestos de desasosiego, preocupación, tranquilidad, alegría.
Su madre, sus hermanos, amigos íntimos de la casa y hasta el personal de faena, todos, se acostumbraron a hablar delante de ella, incluso cuando peleaban ella permanecía quieta, y aprendió a no asustarse. En secreto sin que su madre lo advirtiera, la enseñó a leer y a hacer cuentas, sentada en sus rodillas miraba y escuchaba. Cuando advertía su necesidad de concentrarse en algo, sin molestarlo resbalaba de su regazo y volvía a su juego mudo.

Su madre en cambio la instruía en el arte del disimulo, en el de la persuasión, la trama y la astucia, en el uso de su candidez y el de la simpleza, la extorsión y la mentira, armas infalibles en un mundo donde solo cabían dos posiciones, la de circular como signo fiduciario, objeto de trata e intercambio para reproducción del capital simbólico de los hombres, o la de utilizar ese mismo miedo a lo femenino en que se entrampa el privilegio masculino, haciendo de la virilidad un ideal que solo les procura una inmensa vulnerabilidad ante lo femenino.

Vaya si le sirvieron aquellas armas, el primero con el que las utilizó fue su padre. Se daba cuenta que él fue también su maestro, le enseñó cómo sacar partido a todas ellas, cada vez estaba más segura que la vio venir en más de una ocasión, guiándola con sus negativas o sus condicionamientos para conseguir lo que se había propuesto. Y se había propuesto nada más y nada menos acompañarle a su trabajo, a la Casa de los Mercaderes donde realizaba la compra-venta de los géneros que negociaba.

La primera negativa la recibió arrugando el ceño y apretando la boca en un gesto que a su padre le causaba ternura. La segunda vez preguntando abiertamente el por qué, quedándose con una explicación nada convincente, pero de la que sacó razones para ir abatiendo la resistencia de su padre…”




Hoy me he acercado para saber del autor de la “OBRA EN VENTA”, y en la misma puerta he encontrado la web de Patricia Iranzo:
http://patriciairanzo.com/index_pintura.php?cuadros=7

lunes, 17 de mayo de 2010

Intervalo



Antes de empezar a leer deja que el chelo suene… solo una vez aunque moleste,

”No olvidemos que la naturaleza incluye:
la muerte, el dolor, el sufrimiento,
la lucha, las garras, los picos,
la extinción de los más débiles…”
es la vida.

Perdida la mirada en una lánguida rosa, dentro del vaso olvidada, sin apenas pestañear. Le tiembla en los labios la angustia que reflejan sus ojos, inmóvil, se le nubla la vista y aprieta los labios para ahogar el gemido, dos lágrimas perfectas resbalan por sus mejillas hasta el borde del mentón.

Brota el llanto repleto de congoja, arrebatado de tristeza, desalmada existencia donde el cuerpo, solo, desvaría perdido entre el fango de las realidades, impotente ante ellas sin poder reconocerlas, hundido en la más intensa pena, afloran lágrimas sin control, crispa el rostro buscando brazos que lo oculten, el pecho lanza estertores contrayendo la garganta y los pulmones, cerrándole el paso al aire.

Avalancha contenida, líquido caliente que arrasa los ojos, llena la boca e inunda la nariz, tsunami desencadenando sentimientos de vergüenza, desesperación y locura en un atisbo de cordura, hasta que incontenible hace del lamento vía de escape, dejando al aire que circule a bocanadas, cierra las manos contra las piernas y aprieta el contraído rostro sobre las rodillas. Solo quiere rugir para sacar de si todo lo que le lastima.

Y tras rozar el límite del paroxismo regresa a la vida, serenando el ánimo con dulces y sucesivos gemidos espasmódicos distanciándose con el aire que entra despacio, aclarando la vista, secando la nariz, relajando la boca… desnuda la mente, gimiente el cuerpo no se reconocen, este se ofrece y aquella le exige sosiego, para colmada de serenidad quedar en la sombra consciente del silencio, solo anhelando seguir al humo como a una ruta propia.

Mira alrededor. Sigue el silencio. Ya está más segura. Desanuda los miembros, levanta aún débil el cuerpo. El esfuerzo ha sido grande. Sale y la luz le ciega. Se apoya en la puerta un momento. Unas risas se acercan, gira recomponiendo el demudado gesto.





lunes, 3 de mayo de 2010

Bendita música




Cuando te levantas cada día y amaneces de lleno, tras el inquieto sueño, en el inseguro transcurrir del trabajo, tu aspecto cambia, tu gesto se modifica y tu voluntad se quebranta.
Llegas al ocaso del día casi arrastras, te sientas, exhausta, con el libro en la mano cómoda y caliente, la humeante taza esperando, y abres el correo… “youtube service para usuarios: actualización de suscripción con nuevos vídeos recientes (link al vídeo)”, clic”keas”, coges la taza y te acomodas con el libro.

Apenas la primera frase de lectura y suena la extraordinaria “actualización” de violín y piano, ágiles, desbordantes, llenando el espacio silencioso de arrebatado sonido que sobrecoge el corazón y enciende la imaginación…


tras el silencio de una profunda madrugada
la luz comienza tomando su porción de mundo,
las flores desperezan sus pétalos hacia ella,
las hojas mueven el limbo a la espera que comience la función.

Y el mundo,
se arrellana en su sillón preferente,
cierra los ojos y escucha su propia sinfonía,
llena de oxígeno sus pulmones,
agiliza el rojo de sus arterías
sonríe, y fantasea …

allí bulle la flor mientras se baña en el rocío perfumando al aire que le roba un beso,
allá el aleteo de unas alas que acarician con la brisa,
sube el ritmo en derredor,
y en su momento más álgido siente estremecer las raíces del bosque,
oye el repiqueteo de unas pezuñas que se detienen junto a la corriente,
percibe su nariz húmeda sobre el brote jugoso que desafiante le invita,
pero escoge al agua transparente donde lame el frescor de la mañana…


Termina la suite.

Suspiras pensando que estas dosis de emoción regulan la adrenalina, llevan la tensión a su justo porcentaje, elevan la libido a un nivel reconfortante y gestionan los asuntos pendientes en la sección del ”no va más”.

Ya ves con qué poco, tan solo pensando que el mundo eres tú te reconcilias con el día y vuelves a la lectura con otro ánimo.

domingo, 25 de abril de 2010

Un toque de atención

Azahar
Citrus Aurantium
(flor del naranjo, del limonero, del cidro y otros árboles cítricos)

Mientras caminaba hacia el trabajo dándole vueltas a lo que pensaba publicar, mi ciudad me ha dado un toque de atención. Acaba de escampar y el desmayado sol con esa inmensa luz del este, se refleja en lo mojado mostrándola limpia y recién “peiná”.
Justo en mitad de mi camino alguien le hacia una foto a una pared, instintivamente la he mirado, he levantado la vista dejándome llevar por su asombro y por esa sensación de sorpresa cuando descubres lugares nuevos. Sonríes comprensiva por lo que para ti es habitual, pero te das cuenta que te has vuelto incapaz de apreciar la belleza que te rodea empós de esa misma familiaridad.

Aún sintiendo preferencia por aquellas ciudades desde las que se pueden divisar montañas, reconozco que la costumbre ha hecho que dejara de apreciar lo bonita que es esta, donde vivo. Sus calles son anárquicas, como hechas a voleo, los edificios parecen bailar unos a ritmo de dulzainas y otros de rock and roll en un juego ecléctico de increíble belleza recuperada y de descuidado solariego.
El sol gana fuerza por momentos, produciendo llamaradas metálicas y resaltando el apagado verdor de los jardines, un hiriente rayo pasa entre dos tejados cortando la bruma de un rincón al final de la calle estrecha. Y tiendecitas todas juntas, desbordadas de cosas impensables donde huronear a gusto. El aroma a azahar en las calles y a jazmín, los balcones de hierro forjado que parecen filigranas dibujadas en las fachadas te colman de serenidad. La agradable temperatura hace recordar al abrazo de la abuela en su regazo tibio oliendo a rosas.
Fatigar despacio libros prohibidos o deambular por la Atlántida pudieran ser placeres similares.

Y he empezado a verla, y a verlos, a los ciudadanos, a esos que hace la ciudad donde viven. En algunas son elegantes, visten buena ropa y usan los colores que les hace distinguidos, en otras son señoritos, invaden las calles con el clavel en la solapa y el vino fino en la mano. Aquí cada vez nos cruzamos menos con gente del barrio y más con extraños -extraños muy chocantes, dicen-, el chandal y las zapatillas han pasado a mejor vida, la de practicar deporte, y cada vez menos bajan a por el pan con la bata de guata y las babuchas nuevas.
Entre ellos pululan grupos adolescentes extranjeros de rostros arrebolados, carpetas y cámaras de fotos en mano, que se mueven por la ciudad con la llaneza del barrendero.
El día parece salido de un cuento sin protagonistas en el que vas pasando las hojas y en cada una encuentras un tema diferente.

Ensimismada, saboreando las gratas impresiones, al pasar por un escaparate donde un joven con perilla y el pelo en punta coronándole la cabeza, al estilo siux -me hace pensar en un Don Juan Tenorio moderno- trasteaba sujetando con alfileres un traje de noche granate a una bellísima maniquí. Abstraída mientras caminaba le he mirado más de lo necesario atrayendo su atención, me ha guiñado un ojo que me ha hecho sonreír ampliamente y me ha devuelto otra simpática sonrisa, una vez pasado el escaparate la risoterapia me ha acompañado un trecho y he llegado al trabajo tan feliz que le ha faltado tiempo al compañero cachondo y “metementodo” a soltar la preguntita ”¿Qué? ¿Qué estuviste haciendo anoche?” (Algún día escribiré sobre él)

Y a la vuelta, he vuelto a ser turista de mi ciudad. Cinco de la tarde, empiezan a abrir las tiendecitas de nuevo, las calles se desperezan de la siesta española por antonomasia, o de la gran mayoría española, pero que parece hacer participe a más de un extraño chocante, sentado en una terracita con las piernas estiradas, la cerveza a medias y el sombrero sobre la cara.
Sonriendo noto de nuevo el ¡shiiisss!, al mirar de frente veo en todo su esplendor la Lonja de los Mercaderes, enorme, joven (1482-1548) y presumida. Las cámaras disparan, impresiona ver la escalinata llena de chocantes y en la cera de enfrente buscando posiciones para fotografiarla, que parece que en cualquier momento hará un movimiento para cambiar la pose zarandeando su corona de torretas.

Llego a casa, me pongo a escribir, suena el teléfono, llaman al timbre, me vuelvo a sentar anotando todo lo que he visto de cualquier manera y salgo pitando a darle otro vistazo antes de que el cansancio me devuelva a casa.

viernes, 16 de abril de 2010

Visiones del mundo


Angkor o Angkor Wat
(Ciudad de los templos y el corazón del imperio Jemer) - Camboya

Momento Telúrico
Rascaba con la yema del dedo mugriento en el plástico, y llevándoselo a la boca lo chupaba con deleite. Sabia que aquello podía estar en malas condiciones, pero la experiencia le había demostrado que si el cuerpo se lo admitía es que no era malo. Puede que tuviera productos químicos nada recomendables, y estuviera caducado seguro, pero de alguna forma su organismo podía sacar beneficio cuando no lo rechazaba violentamente, como le había pasado con aquellos brotes verdes que tenían tan buena pinta, vomitó hasta la leche materna, menuda purga. Llevaba unos días en aquel lugar, no había querido encender fuego por no atraer a la policía, pero el día estaba especialmente helado, era difícil meter el coche hasta allí y a pie ni siquiera ellos se atreverían a bajar. Dentro de la miseria que habitaba se sentía bastante confortable. Ya lo había decidido, en cuanto subieran las temperaturas emprendería el camino hacia aquel lugar del que le hablaron en la montaña. Parecía que aquella necesidad imperiosa de destruirse, de despojarse hasta de la piel estaba pasando. Ahora solo quería sosiego, seguir adelante apartado, lejos de lo que fue, de lo que era, pero solo. La gente le molestaba y seguía sin querer compartir nada con nadie. Venía de la fase del todo y había aterrizado en la de la nada. Ahora despojado de todo, quería poco porque ya sabía decir basta. No era como en la india donde se venera a las personas que renuncian a la vida mundana, aquí se considera un privilegiado el que posee todo, o al menos lo parece, “lo suficiente, lo necesario” se considera despreciable. La gente en general es despreciable, y en particular piensan que lo saben todo, tratan de ayudar y te joden un poco más. Mejor si se mantienen alejados, prefieriendo incluso sus miradas de desprecio o miedo.

Momento Interestelar
Mantenía el cuchillo de plata en la mano apoyada en la mesa, con la otra pasaba las hojas del periódico sin marcas, como recién impreso, su olor característico le agradaba. Cuando encontraba un artículo que llamaba su atención volvía despacio a prestar atención a la cena y tras dar un bocado, leía detenidamente masticando con calma. Algo tras el gran ventanal allá dónde debía permanecer oscuro reclamó su mirada, un punto de luz lejano que no estaba en la línea del resto del alumbrado de la ciudad, calculaba que podía situarlo a la altura del nocturno río, de vez en cuando desaparecía y pensó en una fogata, miró distraídamente la chimenea donde crepitaba un fuego limpio y fuerte que devolvió su atención al artículo y a su bocado. Mientras tomaba otra porción recordó la invitación para pasar el fin de semana en casa de unos amigos, pero después de conseguir un par de días de descanso, lo que más le apetecía era la inmensa paz de la que disfrutaba en casa. Normalmente comía en restaurantes y dormía en hoteles casi todas las semanas, para nada se movería de allí, enviaría cualquier disculpa.
Leía sobre el poder concentrado en una sola mano, en un país, un poder de destrucción total sobre el derecho a la vida y a la muerte de todos, preparado para destruir el mundo varias veces. 20 años desde que terminó la guerra fría, ”70 años hace que el genio nuclear salió de su lámpara” decía el artículo. El “arcano” que proporciona el poder de eliminar ese “poder” a quién lo posee.

Dos momentos en la misma dimensión del espacio, ajenos e identificables, dónde las cosas transcurren de distinta manera por sus valores diferentes. A uno le da exactamente igual lo que pase en las horas siguientes, no tiene nada que perder salvo dejar de ser él mismo, y tanto le da dentro de un rato que de unos días. Al otro le tiembla hasta la tuétano solo de pensarlo, perdería el paraíso del que está seguro disfrutará mientras viva.

¿Hubo sumisión voluntaria o fue opresión violenta?

Ocurrió en Summer, en el sur de Irán e Irak, donde una jefatura tribal se convirtió en Estado. Parece probable que al hombre cazador-recolector de finales del período glacial, con el calentamiento de la Tierra y sus consiguientes cambios medioambientales, con el exceso de caza extinguiendo numerosas especies, llegara a comprender que para compensar las pérdidas debía explotar las variedades silvestres de trigo y cebada, que a su vez le obligaron al asentamiento para almacenarlas y, consiguientemente, a la domesticación de animales menores. Y fue en este tiempo, que los arqueólogos denominaron Neolítico, cuando pronto comprobaron que ya no podían huir a otros lugares dejando su medio de subsistencia para desentenderse de las jefaturas y aspirantes a reyes, que ejercían cada vez más presiones para exigirles más impuestos, mano de obra para labores públicas, torres de protección, palacios, guerreros, recolectores y secuaces que articularan esa fuerza, a cambio de protección y reparto en épocas de pobreza. No tardarían en extenderse otros Estados junto al Éufrates hasta el Mediterráneo, los imperios: babilonio, asirio, hicso, egipcio, persa, griego, romano, árabe, otomano y británico. “Nuestra especie había creado y montado una bestia salvaje que devoraba continentes.”

Y hoy el temible arcano del poder que ostentan varios Estados sobre el mundo haciéndoles sus propios prisioneros, al mismo tiempo que nos mantiene a unos en la inseguridad, a otros en la ignorancia y a la mayoría en la indiferencia, no supone el respeto y la obediencia de los demás sino su esclavitud. Quizá si Roosevelt no hubiera dado el pistoletazo de salida al programa nuclear para luchar contra los nazis y Truman no lo hubiera probado en Nagasaki, el conflicto no sería el mismo de nuestros antepasados, encontrar dónde huir y dejar a los belicosos aprovechados matarse entre ellos -y tras haber aprendido que la fuerza no está en la destrucción de lo que nos sustenta, aunque algunos se dedicaron a adoctrinar lo contrario y muchos otros a darles crédito- sino en el aprovechamiento inteligente, cuidando, protegiendo y cambiando los hábitos para que los intereses y beneficios se obtuviesen a largo plazo alcanzando a la mayoría, de manera que los descontentos y los inadaptados fueran cada vez menos.
Y debiéramos preguntarnos, de paso, si nuestra capacidad de asimilar lo no habitual, lo diferente, lo raro o extraño, la tenemos intacta o se nos ha atrofiado. Cuestión que aunque parece insignificante alude a la templanza para saber cuando hay que dejar de ofuscarse con los placeres momentáneos y disfrutar de la contemplación y el alejamiento en beneficio propio.

Dicho esto, y haciendo alarde de extrema inocencia, me pregunto si no deberíamos -también, ya que estamos- empezar a comprobar en qué puntos no coinciden los círculos de las probables bombas atómicas y allí hacer un agujero lo bastante profundo para protegernos los más posibles. Eso sí, nadie que haya ostentado un cargo público sobre la tierra estará admitido debajo de ella.
Aunque bien pensado, tras la última frase escrita, terminaríamos por instaurar cualquier otra forma de predominio o supremacía. Mejor dejemos que la bomba haga su cometido y borre cualquier célula humana del universo. Me uno sin traumas al levantamiento de hombros del hombre telúrico.

“Qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera…”

“El genio regresa a la lámpara” Lluis Bassets 15/04/2010 El País
“Nuestra especie”-Los primeros Estados. Marvin Harris
Foto de http://www.3viajesaldia.com/angkor-el-corazon-del-imperio-jemer


lunes, 5 de abril de 2010

Rituales simbólicos eternos



Ariadna dormida
(John William Waterhouse)



Abotargada la mente con los ojos llorosos y la nariz inservible, la boca marcha con todo lo necesario para funcionar. Respira, estornuda, traga la medicina, comunica, se agota afónica denotando el esfuerzo. El oído chista pero le ignoran, ni con dolor ni con sonidos lo consigue, se retrae y espera. Entre toses y estornudos transcurren los últimos días de trabajo. En los tres siguientes se alejan de la cama lo justo, siempre siguiendo a la boca, alienados e incomunicados. Apenas hoy empiezan a percibir cierta mejoría, todo se sosiega, la mente recobra el mando. Y entre brumas la tranquilidad se instala…

… de noche en la carretera, andaba, el asfalto despedía calor y la fría brisa no molestaba. Hacía muchas horas que seguía la carretera, apenas pasaban coches, un par habían parado pero no subí. Me encontraba bien, mi cuerpo me respondía con una fuerza que no conocía, e incluso el peligro que en otras ocasiones en sitios solitarios y sola me había angustiado, no lo tenía. Observaba la carretera a la luz de las estrellas, silbaba, reflexionaba sobre mi destino y me percaté que estaba bien abrigada, los pantalones llenos de bolsillos repletos y las botas cómodas. La mochila no agobiaba.

Sin embargo, iba siendo consciente que algo no estaba bien, deje de silbar sorprendida, nunca aprendí a hacerlo. La sensación crecía, era como si yo no fuera, paré un momento pensando, miré alrededor y seguí avanzando más despacio. Mi paso era distinto, más enérgico diría yo, las caderas no las movía igual, percibía los límites de mi cuerpo. De pronto, alarmada, paré en seco, mi cuerpo, era mi cuerpo, no era de mujer… era un hombre… ¡yo, era un hombre!

Noté como el corazón me palpitaba ansioso, como si estuviese desplazada en aquel cuerpo en ese instante, y mi cuerpo que no era fuera aquel que me llevaba. Estaba varada ¿¡Cómo!? No sentía nostalgia de mi cuello, ni pechos, ni muslos, me sentía pletórica ¿o pletórico? La necesidad de seguir sintiendo esa gloria de otro cuerpo se hacía imperiosa. Eché a correr ¡Qué maravilla! Respondía con una fuerza que no disminuía sino que aumentaba, con movimientos precisos cada músculo obedecía acompasando el ritmo del corazón y la respiración. Me sentía capaz de todo, sin miedo, libre de andar por todos lados, con autoridad y sin dudas.

Otro coche. Para y subo. El tipo simpático se ofreció a llevarme hasta la ciudad… hablaba sin parar, me transmitía complicidad, con un si o un no a sus preguntas se sentía satisfecho, le miraba de frente cuando giraba la cabeza, directamente a los ojos, con la frente alta a la manera correcta masculina, en una aceptación simbólica de merecer hablar francamente esquivando la típica respuesta femenina del
“no sé”, no importaba como estuviera sentada, ni donde pusiera la manos, mi postura no daba opción a equívocos. Llegábamos a la ciudad y escuchamos el estruendo de una sirena de camión…
El despertador repetía el mismo sonido una y otra vez, me senté en la cama de un salto y lo paré, un ataque de tos me impidió reír.

En separar al hombre del universo femenino consiste la educación y la culturización. Enciende los mecanismos del miedo de ser una-o misma-o, de no ser reconocido virilmente por los otros-as, de no ser atractiva para los otros-as, de no alcanzar los cánones de masculinidad o feminidad establecidos. Ese sueño, destellos de imágines y sensaciones que alimentaban al consciente del inconsciente, dónde barrunto que soy victima victimizada por mi misma en un eterno círculo que yo perpetúo, al tiempo que veo las salidas volviendo la espalda al mundo creado para mi cuerpo de mujer, rivalizando con mi mente en la que no han echado raíces las simbólicas e invisibles fuerzas culturizantes, salvo como utilidad para pasar inadvertida, aunque a veces me haya resultado imposible no asumirlas.

En un cuerpo desconocido y potente, si, pero con una mente femenina, o al menos, sin perder la consciencia de lo femenino, sin embargo suficiente para obtener la seguridad de que el comportamiento social es radicalmente imbuido y repetido hasta la saciedad en la mente de las personas.
Lugar de conspiración de Virginia Woolf dónde todos actuamos según nuestro papel aprendido.
Dominadores, dominadas y dominados, todos usando el mismo lenguaje y respetando las mismas reglas. La subordinación, la sumisión, la dominación, como parte natural de la normativa de convivencia, dónde todo está reglado para que el macho domine y la hembra se subordine, y para que aquella o aquél que se salga del reglamento sea catalogada de bruja, pérfida, deshonesta, marica, débil…

Tenemos un compromiso femenino para aprender a ejecutar, a concebir, a exigir, a buscar tipos de organización, de acción colectivas, armas simbólicas efectivas para quebrantar las instituciones estatales y jurídicas que dejen de eternizar la subordinación. Que obliguen al orden establecido de dominación, de derechos, atropellos, privilegios, injusticias, a dejar de perpetuarse con tanta facilidad y a aparecer tan a menudo como algo natural.

Mi mente puede vivir perfectamente en el cuerpo masculino, pero desde luego no iba a estar dispuesto a la trampa masculina de la tensión y la contención permanentes, a la vulnerabilidad de demostrar lo viril que soy ante mujer u hombre alguno, ni a escupir o mear más lejos para obtener un sitio privilegiado entre los demás. Mi fuerza tendría una utilidad particular mucho más placentera, que formar parte de una mole insensata e inútil, en esa simbólica violencia invisible social.

Mi fuerza femenina, llena (hinchada), cerrada (difícil, cerca), dentro (casa, jardín, fuente, leña), debajo (tendido, pilar central), húmeda (vientre, gallina, secreto, sangre, sueño, tierra, muerte, luna, frío, norte, noche), todo esto que quieren que sea según sus reglas atributos de lo femenino, fundido, rehecho en luz, belleza, materia, magia, sosiego, paz, silencio, y acogimiento igualitario de todo lo masculino, sin mezclas extrañas, sin fantasías exuberantes de dónde viene o a dónde va cada quién.

Mi crimen, ser persona antes que mujer. Su castigo, el aislamiento.
Pulsado, sopesado, evaluado, calificado y juzgado… cometo el crimen.
Y lamento decirles a los que siguen el esquema pertinente que hay más como yo. (uffff, loada sea la tierra, masculina y femenina)



Foto: courtesy of http://www.johnwilliamwaterhouse.net/Ariadne--1898.html