La escalera tiene una claraboya en el techo que la ilumina salvo en los primeros pisos donde la luz eléctrica es necesaria. Forma un pequeño habitáculo cuadrado que se pierde en el infinito hacia la luz de la claraboya, cuando la bajas parece estrecharse y lo haces en picado, pones los pies en los escalones triangulares con cuidado, la pared es clara, y los escalones, pero la barandilla de hierro forjado resulta terriblemente negra, en todos los tramos se amontonan dos o tres bicicletas sujetas a ella tapadas con plásticos llenos de tierra, en la oscuridad parecen bultos silenciosos y misteriosamente quietos, triste congoja por nada, estás sola en un pozo con absoluta libertad para salir aunque la mente sea una traidora.
Nuestro cuerpo es una oligarquía en la que, como apunta Nietzsche, ha sido muy duro que llegara a ser razonablemente social, ha habido que castigarle mucho y de aberrantes formas a lo largo de la historia para que la medicina del olvido no actúe libremente, de manera que “Se marca algo a fuego para que permanezca en la memoria: solo lo que no cesa de hacer daño permanece en la memoria”.
El que canta obtiene inmediata recompensa al proyectar su voz, oírla y dominarla, y el que pinta le ocurre otro tanto, subyuga, ve, siente, los colores, las formas, un todo. Momentos que se asemejan a los recuerdos felices y risueños, gestos causales de otros tiempos que vuelven a hacerte sonreír.
La ciudad queda atrás en el espejo retrovisor, el peligro de la velocidad se mezcla con el poder de sentirse viento, mis sueños viajan a mi lado, desde la ventanilla los veo por el rabillo del ojo cara al aire sonrientes, con la boca apretada y entrecerrando los ojos, como lenguas de fuego avivada por el viento, les decía sin mirarles que podían irse libremente o volver conmigo, se alejan al centro de la autovía y vuelven pícaros a ponerse a mi par junto a la ventanilla, disfruto, la música me recorre alegre hasta en las vibraciones que mueven el volante entrándome por las yemas de los dedos, soy música y ritmo, la ventaja de hacerse mayor es la de no tener que disimular, ni la necesidad de impresionar.
Recóndita la imagen mental que provoca la inmortal música, la fugaz sensación de hundir los pies en barro llena mi mirada de brillantes chispitas, deshaciéndose la boca pensando en la de él, que se cree olvidado, el pecho, volteando a la comba el corazón, suave perfila cada sensación entrecortando la respiración, de la que no soy consciente hasta que los pulmones necesitan aire y aleteando la nariz con rápidas absorciones elevo la intensidad de los sentidos, oigo por la piel, toco con los ojos, huelo con las manos, tanteo con los labios.
Se está poniendo el sol, la luna le despide, cambio de sentido y vuelta a la ciudad.
